El valor de la familia

Larissa y yo, conversamos largamente en nuestra casa de Maturín con Gustavo Perdomo, presidente ejecutivo de Globovisión. Es un viejo amigo al cual queremos mucho por quién es y por lo tanto que ha hecho. Lo conocimos hace ya 20 años cuando ejercía con pasión su profesión de abogado penalista y junto a un hermano –Raúl Gorrin- comenzaban a escalar a fuerza de inteligencia y trabajo para liderar hoy un conglomerado modelo de empresas, sembradas en Venezuela.

Hablamos del país, la situación económica, los políticos –y también de algunos politiqueros- de creencias y valores que compartimos. También de las tradiciones y expresiones que nos identifican como nación, una de las cuales lo trajo por unos días a Monagas: con la delegación de Delta Amacuro, Gustavo participó en el 57 Campeonato Nacional de Coleo que en copla de Armando Martínez es: “deporte nacional símbolo de mi folklore donde hombre, toro y caballo hacen brillar su valor”.

Coincidimos en lo hermoso de esta tierra nuestra, en la decisión de vivir y dar lo mejor de cada uno aquí a pesar de que bien pudiéramos residir fuera, de lo urgente de solventar las dificultades del presente para que a todos por igual le vaya mejor y la prosperidad sea común, de cómo se necesita grandeza en el liderazgo para que lo relevante sea el colectivo y no los intereses grupales, de varios que se dicen dirigentes pero ni siquiera un libro se han leído y su riqueza intelectual no pasa de 280 caracteres –bromeamos con la cultura del twitter recordando que hasta hace poco eran solo 140 caracteres; “se duplicó la producción intelectual de algunos” precisé-

Ambos, que gerenciamos a centenares, chocamos manos cuando Gustavo afirmó: “no le acepto un no se puede a nadie” para agregar “aquel que cuando le encomiendo una tarea me responde no se puede, lo aparto de inmediato” y así debe ser porque aun las mayores dificultades tienen que devenir en retos que un ser humano destinado al éxito debe superar y superará.

Nos paseamos por los millenials y los zillenials –la generación Z- nacidos los primeros entre los 70 y los 90 y los segundos después, devotos de la tecnología y las redes sociales, que no conciben un mundo sin Wi-Fi, YouTube o Instagram y del acelerado proceso de cambio que experimenta la humanidad la cual, sin embargo, no puede dejar de lado valores como la honestidad, responsabilidad, humildad, sensibilidad, el respeto. “Hermano –atajó Gustavo- y la familia, no la olvidemos, que también es un valor y muy importante”. Cuando le despedimos, casi amaneciendo, apreciábamos más su amistad –los verdaderos amigos lo son por siempre escuché alguna vez- y entre lo hablado nos dejó invaluable “el valor de la familia” a fortalecer en el presente y el mañana que desde nuestras propias posibilidades procuramos forjar.

En ocasión de la Jornada Mundial de la Paz celebrada en 1985, el Papa Juan Pablo II expresó: “El futuro depende, en gran parte de la familia, lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el contribuir eficazmente a un futuro de paz” que es el que merecemos. Que así sea.

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