"La traición de los mejores"

Cortesía/Referencia

Acompañamos a Eduardo Fernández en la presentación, en Maturín, de su último libro “La traición de los mejores”. Fue un evento sorprendentemente a casa llena en días de difíciles convocatorias que reunió a buena parte, sino toda, la representación opositora de Monagas.

Grato el reencuentro con quienes, visiones diferentes acerca de cómo lograr el propósito común de cambiar a Venezuela, la mezquindad y pequeñez de muchos se empeñan en separarnos lo que en nuestro caso no les será posible jamás.

Eduardo se lució, dejándonos anécdotas que más que tales fueron conceptos para quienes aún creemos que la política es civilidad. Entre varias me gustó mucho la cita de la frase “La política es la forma más alta de la caridad” que es definición en numerosos documentos pontificios y que más recientemente recoge “Nosotros como ciudadanos. Nosotros como pueblo” que contiene fragmentos de discursos del Papa Francisco quien agrega “si el ciudadano es alguien que está citado y obligado a dar para el bien común, ya está haciendo política”.

Aprovechó Eduardo para entregarnos su decálogo que me atrevo a etiquetar como mandamientos para la Venezuela del mañana: Democracia; Desarrollo Económico; Justicia Social; Valores/Ética; Educación que con él coincidimos debe ser prioridad; Amor; Paz; Ciudadanía, Servicios e integración Internacional.

Insistió Eduardo en su convicción, que es la mía, de que aun si se puede salir, del dramático estado de cosas que padecemos, en paz recordando experiencias que vivió de cerca como la de Polonia y Chile. En el caso de los chilenos contó que el amplio espectro de partidos que se enfrentaban a la dictadura de Pinochet llegó a la convicción que debían seleccionar un líder que luego sería candidato único para derrotar a la tiranía y para tal celebraron una reunión donde todos se encontraron. Los jefes de las dos principales fuerzas políticas, demócrata cristianos del PDC y socialistas del PS y PPD, exhibían condiciones muy similares para liderar el proceso y hacia ellos, Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, decantó la escogencia. Aylwin se levantó solemne y expuso que urgía un líder único, un candidato único que con seguridad se convertiría en presidente y que después de mucho meditar postulaba a Lagos por sus credenciales, su trayectoria y por militar en el ala opositora que contaba con la mejor organización, estructura y simpatías. Tocó el turno a Lagos quien palabras más, palabras menos, expresó: “tengo unas ganas enormes de ser presidente y sé que lo haría bien. El que un adversario de años me postule es un gran honor pero he analizado mucho sobre el candidato que necesitamos y he concluido que por generar menos rechazo, por facilitar la unidad, por sus méritos, debe ser usted Don Patricio, No es momento de proyectos personales, es el tiempo de Chile”. Con votos, Pinochet fue eyectado del poder y Aylwin primero, Lagos después –tras Frei- fueron presidentes y construyeron una nación referente de democracia y prosperidad.


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